Estamos tan acostumbrados a evitar el dolor. Lo hacemos por ejemplo, con pastillas para el dolor de cabeza, cuando evitamos el ejercicio como subir gradas y optamos por el elevador (me refiero al dolor de piernas pero se vale insertar aquí lo que sea que le ocurra a usted cuando sube gradas y le genere dolor), y así se va complicando todo el asunto hasta llegar a cosas como: evitar pláticas necesarias pero dolorosas y tomar decisiones urgentes pero que pensamos que pueden esperar porque la consecuencia sería -DOLOR-.
Como siempre, Dios siempre tiene un significado real y mejor para cada tema. Él siempre redefine nuestras ideas y conceptos tan terrenales.
La realidad es que no por ignorar el dolor la herida desaparecerá o quedará sanada y aunque es natural tratar de aliviarlo, no deberíamos tratar de evitarlo o hundirlo por completo. Hay que lidiar con él. No hay escape.
Hoy quiero contarles la primera de muchas cosas que he aprendido de los dolores que da la vida:
El dolor nos muestra la parte que tenemos que sanar.
No alargaré más el asunto, solo diré que... sin el dolor, no sabríamos que algo está mal. Nos ayuda a recordar que tenemos que sanar constantemente, a buscar a Dios y anhelar esa transformación, porque no lo sabemos todo, no lo podemos todo y no tenemos absolutamente nada resuelto y menos si no lo tomamos a él como primer lugar.
Hoy le animo a que empiece a lidiar con ese dolor, que empiece a ponerle atención y tratar de aliviarlo, si, por supuesto... con las cosas correctas. Esta es la señal que estaba esperando, la alerta que dice: Debo buscar ayuda, buscar sanar, platicarlo con alguien, y empezar a escuchar a Dios y lo que él le está diciendo acerca de lo que está en su corazón.
Recuerde: En este mundo tendremos aflicción pero Él ya venció al mundo (Jn. 16:33). Jesús se enfrentó al dolor de la cruz, con la confianza que el Padre estaba con él, que él lo sanaría, salvaría y lo restituiría.

